Las relaciones de pareja pueden ser comparadas con muchos fenómenos naturales, con el mar, con una tormenta, con una selva frondosa y misteriosa, o pueden ser representadas por diversas metáforas o símbolos.
Revisando algunos de mis poemas me he dado cuenta de que hay un leit motiv ( ¿se acuerdan de cuarto año de bachillerato con ese término?) o un motivo que se repite en varios de ellos. La idea de una lucha, una batalla que se resuelve, -afortunadamente- entre dos contendores que se aman, que se desean, o por lo menos se atraen lo suficiente para enfilar sus armas, secretas o no, hacia un objetivo que quieren conquistar.
Después de una batalla particularmente satisfactoria, por la estrategia desplegada y no sólo por los botines y tesoros que nos quedaron a ambos, este texto se independizó de mí para regalarlo a quienes, como tú y como yo, disfrutamos de esa batalla deliciosa llamada amor.
Tregua
Adelanto mi labio inferior
rindo mis armas
ante tu negativa rotunda
de darme una esperanza
de concederme una tregua
de verte a solas
de nuevo
Indecisa
mido la intensidad de la quemadura
en el dorso de mi mano derecha
en tu mirada sobre mi vientre
en tus dedos en mi nuca
Prometí, pataleé
quise mantener
esta aguerrida soledad
Vencida (o vencedora)
enarbolé la bandera inmaculada
de mis piernas
en tu espalda
Firmamos un armisticio
frágil
casi evanescente
El tiempo se corta en rebanadas
muy delgadas
dolorosas
hasta la próxima
batalla horizontal
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viernes, 11 de abril de 2008
jueves, 21 de febrero de 2008
Poema de Oliverio Girondo o a propósito de la liviandad
No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias. ¡Pero eso sí! –y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!.
Esta fue -y no otra- la razón de que me enamorase tan locamente, de María Luisa.
¿qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo, por los alrededores! Allí, lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado! “¡María Luisa!”, “¡María Luisa!”… y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso: durante horas enteras nos anidábamos enana nube, como dos ángeles y, de repente, en un tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera!... aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes!.. la de pasarse las noches en un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre y, por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
Oliverio Girondo.
Esta fue -y no otra- la razón de que me enamorase tan locamente, de María Luisa.
¿qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo, por los alrededores! Allí, lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado! “¡María Luisa!”, “¡María Luisa!”… y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso: durante horas enteras nos anidábamos enana nube, como dos ángeles y, de repente, en un tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera!... aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes!.. la de pasarse las noches en un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre y, por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
Oliverio Girondo.
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